Contempla la oscuridad
Hoy os traigo una entrada audiovisual, quueee no es lo mismo que un vídeo. Una canción y un pequeño texto, a ser posible juntos y el último leído con calma. Espero que disfrutéis.
En una sala completamente a oscuras un hombre se sienta en
un diván, hecho un silencioso manojo de nervios. Parece hacer de tripas corazón
y comienza a mover los labios.
Se encontraba en un
bosque, en una noche cerrada con apenas luna. Tras un rato de vagar por el
bosque, húmedo y con frío, vio una casa. Una típica casa campestre: de madera,
dos pisos... de sus ventanas salía una luz rojiza, abrumadora, que inspiraba calor
y fuego. El hombre huyó de allí. Acabó descubriendo un estanque, una cascada
muerta tiempo atrás con un pequeño lago como único testigo de su existencia. El
paraje estaba inundado con una luz verdeazulada. Se acercó a la orilla y la luz
empezó a vibrar. Tanto en el agua como en las rocas, la luz hacía que nacieran
finas venas brillantes, dándole a todo un aspecto místico.
Corrió más rápido de
lo que se lo permitían sus piernas, sin descanso, para no dejarse seducir por
el canto sin música del entorno. Tras mucho tiempo corriendo llegó a las lindes
de una ciudad. La luna se despejó entre las nubes para desvelarle una urbe
muerta, de grandes edificios grises y derruidos que amenazaban con caerse en
cualquier momento. Mientras paseaba por la ciudad, el miedo era tan fuerte que no
le dejaba otra opción que no fuera avanzar, convirtiéndose en una especie de
fuerza macabra y egoísta que le obligaba a andar. La ciudad no parece tener ni
fin ni salvación: el menor rastro de vida o de luz que no fuese la lunar
brillaban por su ausencia. Las carreteras estaban partidas, las losas de las
aceras estaban sueltas y hacían un ruido sordo cada vez que las pisaba, los
edificios no tenían un sólo cristal y algunos rascacielos parecían demasiado
inclinados para no caerse sobre él. No había electricidad, coches, árboles,
gatos, malas hierbas, ciudadanos amantes de la noche. Sólo hormigón, asfalto y
acero. Traga saliva. Su interlocutor sonríe, con un gesto de depredador. El
hombre cuenta cómo, tras mucho deambular acabó llegando a una iglesia.
Estaba rodeada de un
parque de árboles enormes y marchitos. Abrió las puertas y, por una vez, todo
parecía en su sitio. Los bancos, el altar, las velas, las vidrieras... pero,
cuando se acercó al púlpito, vio que había algo extraño. Al ver la imagen de
Cristo más de cerca, observó que no era la canónica: de dolor, con una herida
sangrante. La estatuilla era una parodia de Jesús de piel y huesos, que miraba
con una sonrisa burlona a los inexistentes fieles, con los dedos crispados. Oyó un ruido entre los bancos. Se giró
bruscamente, pero no vio nada. Los bancos eran bajos así que no se podría
esconder nadie, pero avanzó hacia uno de los laterales, envueltos en sombras. No
sin sorpresa, vio que había un asa en medio del suelo de piedra. El sudor frío
lo envuelve. Mira un instante al interlocutor, pero sabe que tiene que seguir. Lo
hace.
Con toda la fuerza que le quedaba, fue capaz de levantar la
losa de suelo que iba unida al asa, y descubrió unas escaleras en espiral. Con
cuidado, fue bajándolas, tanteando las paredes con las manos cuando la luz de
luna dejó de ser útil. De cuando en cuando le llegaba una corriente de aire
caliente, con un olor dulce que no llegaba a identificar.
Tras un período de tiempo incontable, se resbaló. Las
escaleras se cortaron en un paso, tras el que había una rampa recubierta con
una pasta que hacía que se resbalase. Los momentos siguientes fueron una locura
para sus sentidos: la velocidad de la caída no hacía sino aumentar, el olor
dulce se había transformado en el hedor dulzón de la podredumbre, la sustancia
que recubría la rampa recordaba a cosas en las que no es agradable pensar y sus
oídos percibían muy ligeramente unos golpes lentos, profundos y rítmicos. Las lágrimas
empiezan a caer por sus ojos, no quiere seguir contando, no, no, ¡NO!. Sus
sollozos resbalan a su acompañante, que se acerca a él. Se acurruca en el diván
y lentamente se obliga a continuar con la historia.
La caída terminó tan bruscamente como empezó. Se encontró
sentado de culo en un suelo pringoso y se levantó con rapidez, para caer de
rodillas. El olor era apabullante. Era como si se estuviesen pudriendo mil animales
en la habitación y habría vomitado de buena gana si tuviese algo en el estómago,
aunque las horrorosas contracciones de su estómago le recordaban que su cuerpo
no toleraba tal ambiente. La rampa era demasiado empinada para subir, así que
se obligó a avanzar para ver si encontraba una salida. Dando gracias, notó tras
tantear las paredes una puerta y giró el pestillo. Allí no había sustancia
pringosa ni olor a podrido, pero sí una presencia que helaba la sangre. Su
compañero de habitación cerró la puerta. En la sala, completamente a oscuras el
hombre se sentó en un diván, hecho un silencioso manojo de nervios.
El hombre termina de hablar. Su interlocutor se acerca a el
y le pone la mano en el hombro. A través de la tela nota que su mano es blanda
y húmeda, y su aliento tiene el mismo olor que la sala anterior. Su respiración
es horripilante, un silbido mezclado con una lima que sierra. Lentamente, agarrándole
la cabeza con las manos para que no pueda volver a huir, besa al hombre. Él se
intenta revolver con todas sus fuerzas, pero es en vano. Cuando los labios se
encuentran, cierra los ojos. Para no volver a abrirlos.


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