Fiestas del barrio


Oh, las fiestas del barrio.

Todos las hemos disfrutado y sufrido en partes iguales. De pequeño las he transitado mucho, pero tras unos seis años de ausencia, he vuelto a asistir a una (si a eso se le puede llamar "asistir"...).

El tema es que, en la infancia, las atracciones de seguridad dudosa (perdóneme algún posible lector feriante) y Camela como OST amenizando el rato, como su nombre indica, atraen la atención de los asistentes. Quién no ha castigado su caja torácica y columna vertebral (coxis included) con los break-hits de los coches de choque, o ha temido exfoliar su rostro a lo vintage-mode por la escoba del simpático señor vestido de bruja del tren de la bruja (sí, un señor, por alguna razón el género femenino siempre ha rechazado ese puesto de trabajo... lo considerarán indigno, el feminismo a veces tiene esas cosas...). En realidad las fiestas de barrio tienen por objetivo saturar todos y cada uno de tus sentidos.

La vista: casi innecesario explicarlo. Están los farolillos aplicados en masa a lo largo de cordeles kilométricos, pendiendo sobre tu cabeza cual Espada de Damocles y haciéndote sentir el shogun de tu barrio. Están las marabuntas de focos de luces de colores varoipintos (focos homologados por la UE, por supuesto...). Están las atracciones iluminadas a lo Moulin Rouge (y el vestuario de las post-adolescentes que hacen uso de las mismas, no ayudan a pensar lo contrario). Y, cómo no, está la caseta de sorteos. De pequeño, temía aquel lugar plagado de objetos de índole muy variada. Recuerdo el suelo plagado de papeletas usadas, y de cómo los reyes de bastos impresos en ellas me miraban de una forma grotesca con el rostro deformado por las pisadas de la gente.

El olfato. El olor a fritanga siempre ha sido muy español. Ya puedes estar en Pamplona o en Cádiz, que las porras mojadas en chocolate (ideales si tienes sed) o las patatas con forma de zig-zag almacenadas en papelones con forma de cono y aderezadas con un chorro generoso de aleación de ketchup y mayonesa (o mahonesa o bayonesa, que hay muchas formas de decirlo y luego la gente se me queja en los comentarios por hablar del vocabulario regional...) siempre te las vas a encontrar.

El gusto. Prueba cualquiera de los ítems arriba mencionados, y no hay más que hablar. Bueno, sí. Baconz.

El oído. Camela dixit, también tenemos una amalagama de grupos noveles que intentan debutar en un escenario más o menos improvisado, y cuyo público le va a dedicar una atención mediocre. Pero, siendo su función crear ambientillo, lo consiguen. Menos cuando nombran a la "reina de la fiesta" (esto es variable según el barrio/pueblo/ciudad/provincia/isla [;)]. La reina de la fiesta es un ser de belleza dudosa y cuya carisma me gusta porque está como ausente. Su mérito suele ser el de compartir lazos de sangre con el pregonero/a de las fiestas. Y en algunas fiestas canta. Ahí es cuando te satura el sentido auditivo.

El tacto. Este sentido se satura de manera más traumática, con los coches de choque, las norias con celdas en lugar de cabinetas donde se palpa de todo con o sin permiso mientras tu cinestesia se baila unas sevillanas.

Sin embargo, la última vez que asistí a unas fiestas de este tipo, no rememoré estas sensaciones. Esta vez, estuve fuera analizando con otros personajes de mi calaña a los personajes de otra calaña que entraban y salían del evento. No me preguntéis por qué, pero acabamos "jugando" a adivinar quién sabía lo que era el Quijote de Avellaneda simplemente por su aspecto físico. Y estoy seguro de que acertamos en un gran porcentaje. Cuando dos hipsters (gafapastas de toda la vida, que ahora los llaman así) aparecieron en escena, decidimos que no sólo conocían el Quijote de Avellaneda, sino que eran descendientes de Avellaneda, LOL.

Disfrutad de estas fiestas, que están desapareciendo. Y no sé si es bueno o malo, supongo que malo por la tradición, y bueno por la sobrepoblación de gente rara (tiene gracia que lo diga yo). Contadme cómo son vuestras fiestas (Jack, ahórrate lo de los chamanes y la trepanación... bueno, no, no lo hagas).

Saludos desde la bañera,

Truncarlos

5 comentarios:

  1. Me sentiré aludido por la indirecta xD

    Las fiestas en mi pueblo son como tu las describes (no se si describias una de Andalucia pero la has calcado) pero con puestos vendiendo piedras, haciendo creer a los transeúntes que es coco y en vez de Camela te rebientan el odio con regeyton (el gato volador, por ejemplo).

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  2. Este post ha supuesto un inesperado brote de nostalgia.
    Entre las pocas partes de mi infancia que se pueden considerar como tal, una de las que guarda un lugar de aprecio moderado era la feria.

    Sin embargo, al ser en una isla(y La Palma es, además, de las pequeñas) con una capital en la que se apretuja todo la tendencia era de restringir a los mínimos. Esto es: puestos y atracciones para familias y una pista para para kioscos y conciertos para adolescentes.

    Algunos momentos inolvidables eran cuando se atascó la noria (me pasó una vez), los vómitos en la barca vikinga (no los padecí =D) o, dependiendo de la actuación, leña gratuita/sentirse amo y señor de la gravedad/pillar teta en el Star Trek. Ah, y algo imperdonable, te faltó uno de los himnos que caracterizan estos eventos: http://www.youtube.com/watch?v=1IZtbgHxRxU

    También cabe comentar un resumen de otra parte vital del mapa de los sonidos de las ferias:
    http://www.youtube.com/watch?v=PBjE-hBFwa4
    Con oír los primeros 10 segundos ya vale.

    Saludos desde una bañera futura

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  3. @Fck Pues no eran de Andalucía concretamente, de hecho a la mayoría de las ferias a las que he asistido ha sido aquí en Madrid. Pero sí, soy consciente de que en todos sitios son asintóticamente iguales (y de hecho algo así he dicho en el post, pero referido a las porras con chocolate y demás salsas del Pandemónium).

    @LordBison I apologize por olvidarme del "himno" xD

    Todavía estoy esperando a Jack con lo de los chamanes, la trapanación y demás rituales cabalísticos

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